Linaje de Naith
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Acrine. Nieblom Meregô
Helonias
Su génesis no conoce cuna ni madre, sino la furia de una tormenta sobre los bosques de Meriduam, en las tierras de Kuze. Cuando un rayo partió el antiguo tronco de un pocori, de entre las astillas y la corteza humeante emergió Helonias. Marcado por la naturaleza desde su primer aliento, el joven sintió una atracción magnética por la tierra que lo vio nacer.
Helonias no se limitó a recorrer el mundo; lo capturó. Su legado perdura en los Manuscritos Helones, una obra colosal en seis tomos que define la geografía de los cinco reinos de Zaphia. Pero fue su último tomo el que sacudió los cimientos de la teología y la historia: la existencia de Cárparo, el reino inalcanzable.
Su revelación dejó al mundo sumido en un abismo de dudas existenciales. Si la creación se asentaba sobre cinco pilares divinos, ¿qué lugar ocupaba Cárparo en el gran diseño? ¿Es la prueba de una mano oculta, una obra de los mismos dioses o el eco de una era anterior a toda divinidad conocida? El misterio sigue vivo en cada página de sus manuscritos.
Santa
Todo comenzó en una orilla olvidada, cuando la marea retrocedió para revelar una enorme almeja; de su interior no surgió perla alguna, sino Santa. Aquella playa, un laberinto de cuevas, se convirtió en su refugio y en el escenario de sus misterios. Se decía que Santa poseía el don de la metamorfosis, surcando los cielos en forma de halcón y susurrando secretos a las criaturas que buscaban su protección.
Sin embargo, el destino la aguardaba en la penumbra de una gruta mayor. Allí encontró a un gigante de barro, un ser de inmensa tristeza que había perdido el rastro de su origen. Santa, movida por una compasión que cambiaría el mundo, se convirtió en su guía. Durante meses, sus huellas marcaron el curso de la historia; mientras buscaban el camino del gigante, el amor floreció entre la mujer del mar y el coloso de la tierra.
En su unión, el paisaje se transformó para siempre. Siguiendo la voluntad de ambos, dieron forma a las costas que hoy abrazan la región, bautizando estas tierras con el nombre del gigante: Hovor. Fue allí, en el remanso de paz que finalmente halló el gigante, donde la tierra misma dio fruto, engendrando a los khumvores, la raza que custodia hasta hoy el legado de su creador.
Argy
Hija de Naith, Argy nació marcada por un destino inescrutable: sus dedos, largos y precisos, estaban hechos para desafiar la resistencia de la materia. La piedra no era para ella un material inerte, sino el espejo de su propia existencia: solitaria, imperecedera y profundamente resiliente.
Durante toda su vida, Argy habitó el silencio de las cumbres. Con el simple roce de sus manos, moldeaba el esqueleto del mundo, esculpiendo cañones donde antes solo había llanuras y elevando montañas donde el horizonte dormía. Su vida fue un proceso de erosión y creación; una existencia tan dura como el granito que dominaba. Al final de sus días, cuando la carne ya no pudo sostener su voluntad, Argy se fundió con el paisaje que tanto amó, convirtiéndose en parte eterna de la tierra.
Pero su legado no se desvaneció en el polvo. De ella brotaron los argyros, un linaje que heredó la fuerza de su ancestra y que, desde entonces, ha dejado una huella indeleble en los anales de Zaphia.