Etheli

Etheli nació del movimiento mismo del mundo, cuando el aire aprendió a huir y la quietud dejó de ser posible. No reclamó trono ni dominio fijo, porque su esencia jamás aceptó el reposo. Allí donde el suelo se resquebraja y el horizonte se vuelve infinito, su presencia aún se siente. Así creó Liethe,
el reino del viento.
Etheli alzó desiertos donde el sol castiga sin sombra y esculpió acantilados tan altos que la mirada se quiebra antes de alcanzar el fondo. Su aliento barrió la tierra desnuda, arrancando lo superfluo hasta dejar solo lo que podía resistir. Las tormentas de arena no son furia, sino memoria: restos del
paso eterno del dios.
En los bordes de su mundo, donde la tierra se precipita al vacío y el aire ruge sin nombre, quedó como un guardián, con la forma de un enorme escorpión plateado que se esconde bajo las arenas del desierto, conocido como Berylus.
Este escorpión puso cuatro huevos, de donde nacieron sus cuatro hijas: Pira, Mura, Cala y Quipa.
Ellas deciden abandonar el desierto y llegar a una pequeña isla que se encuentra al norte de Liethe: Clotatzar, lugar en el que alzaron el templo Adguza, un colosal edificio con forma de caracola, que comenzaron a utilizar con la única función de observar el cielo, debido a que las cuatro hermanas se enamoraron de él tras pasar tantos años observándolo desde el desierto.
Gracias a su paciencia, consiguieron darle un uso al tiempo. Con el tiempo, sus descendientes, conocidos como almeros, lograron establecer y completar el calendario Salore, el cual se dividía en ciclos que, a su vez, estos se dividían en eras. Además de configurar las cinco estaciones.