Cuando el mundo aún tenía sed, Gorlay abrió sus manos y dejó caer el primer aliento del agua. Allí donde tocó la tierra, el suelo aprendió a fluir. Así nació Gorma: no como un reino alzado con muros, sino como uno tejido por ríos. Gorlay no gobernó con tronos ni coronas, sino con corrientes invisibles que enseñaron a la piedra a ceder y al tiempo a avanzar. Cada lago es un ojo suyo, sereno y profundo; cada río, una vena por la que aún late su voluntad.
Cuando terminó de crear Gorma decidió convertirse en una raíz acuática de gran tamaño, conocido como Vrajion.
Cuenta la leyenda que su cofia creció tanto que, cuando tocó el fondo, nacieron tres ramas que llegaron a la superficie para traer al mundo a sus tres descendientes, cada uno a un lugar diferente