la leyenda de etheli y sus descendientes en zaphia

Etheli nació del movimiento mismo del mundo, cuando el aire aprendió a huir y la quietud dejó de ser posible. No reclamó trono ni dominio fijo, porque su esencia jamás aceptó el reposo. Allí donde el suelo se resquebraja y el horizonte se vuelve infinito, su presencia aún se siente. Así creó Liethe,
el reino del viento.
Etheli alzó desiertos donde el sol castiga sin sombra y esculpió acantilados tan altos que la mirada se quiebra antes de alcanzar el fondo. Su aliento barrió la tierra desnuda, arrancando lo superfluo hasta dejar solo lo que podía resistir. Las tormentas de arena no son furia, sino memoria: restos del
paso eterno del dios.
En los bordes de su mundo, donde la tierra se precipita al vacío y el aire ruge sin nombre, quedó como un guardián, con la forma de un enorme escorpión plateado que se esconde bajo las arenas del desierto, conocido como Berylus.
Este escorpión puso cuatro huevos, de donde nacieron sus cuatro hijas: PiraMuraCala Quipa.
Ellas deciden abandonar el desierto y llegar a una pequeña isla que se encuentra al norte de Liethe: Clotatzar, lugar en el que alzaron el templo Adguza, un colosal edificio con forma de caracola, que comenzaron a utilizar con la única función de observar el cielo, debido a que las cuatro hermanas se enamoraron de él tras pasar tantos años observándolo desde el desierto.
Gracias a su paciencia, consiguieron darle un uso al tiempo. Con el tiempo, sus descendientes, conocidos como almeros, lograron establecer y completar el calendario Salore, el cual se dividía en ciclos que, a su vez, estos se dividían en eras. Además de configurar las cinco estaciones.

Mura

Mura fue la única de las cuatro hermanas que falleció, desafortunadamente, enamorada.
Cuenta la leyenda que una noche escuchó un extraño ruido proveniente del mar. Se asomó por una de las ventanas del templo y observó un luz brillante en el agua, cerca de la orilla. Salió y se acercó para comprobar que era un ser algo extraño, pequeño, blanquecino y viscoso. Se fijó bien al sostenerlo entre sus manos que tenía el rostro apenado. Fue a dejarlo nuevamente en el agua, pero
sus cortos tentáculos se aferraron a ella, ya que no quería marchar. Aquella criatura se había enamorado de Mura.
Cada día que pasaba se asomaba a la orilla para saludarla. Con el tiempo, la hija de Etheli le correspondió su amor.
Ella escondía aquella relación, pero sus hermanas se enteraron y querían acabar con la vida de su amor.
Mura debía estar con sus hermanas, ya que, cuando las cuatros se unieron para crear el templo, se redactaron tres reglas inquebrantables:

  • La primera decía que, bajo ningún concepto, podías amar nada que proviniera del agua,
    pues ellas nacieron de la más árida sequedad.
  • La segunda decía que las cuatro hermanas debían permanecer en el templo cada noche, pues
    su ausencia alteraba el ritmo del cielo y del viento.
  • La tercera decía que ninguna podía morir dentro del templo, pues sus cenizas empañarían la
    visión de los astros.
    Sin embargo, Mura estaba decidida.
    Una mañana, cuando todas dormían, se acercó a la orilla, y se metió poco a poco en el agua helada.
    Aquella criatura vino a buscarla, y ambas, al unirse, se convirtieron en espuma, una espuma que cubrió el mar completamente durante días. El viento en su ausencia cambió de dirección por primera vez desde su creación.

quipa

Quipa no muere enamorada, solo se transforma en arena para sellar los límites del mundo.
Una noche, observando el firmamento, se fijó en un destello que venía directa hacia su dirección. Era rápido, brillante…, algo que Quipa no podía distinguir entre la oscuridad del firmamento.
Mientras lo observaba acercarse, una voz comenzó a susurrar lo siguiente:

Nunca será suficiente la falta de avaricia entre lo sagrado y mundano. Para proteger ambos mundos, deberás sacrificar lo que tanto valoras.

Quipa despertó del trance y pactó con aquel destello su futuro incierto: decidió transformarse en arena, y eso hizo una tarde cuando Piro y Cala seguían sumidas en sus quehaceres.
Comenzó a deshacerse en pequeños granos de arena hasta varar en la playa. Cuentan las leyendas que, mientras su cuerpo permanezca disperso, el viento no cruzará ciertos lugares sagrados.

piro y cara

Cuando sus hermanas desaparecieron para siempre, Piro y Cala decidieron abandonar el templo y nadaron hasta la orilla contraria, ya en tierras de Etheli. Allí fundaron un pequeño poblado, concretamente en una zona a la que bautizaron como Alme, debido a que era un lugar muy próspero
en alm’izmo, una planta muy codiciada en la época porque sanaba heridas en cuestión de segundos.
Era de tallo mediano, de unos veinte centímetros, hojas anchas y oscuras, a veces de tonalidad negra, y flores rosáceas.
Con el paso del tiempo y la descendencia de ambas, el pueblo que habitaba aquella orilla fue conocido como almeros, quienes fueron encargados de proteger el templo y hacer servir el Calendario Salore, siempre con una rigurosa regla.
Cada veinte años, cinco personas debían nadar desde la orilla hasta la isla Clotazar. Los cuatro que llegasen primero serían los responsables durante los siguientes veinte años de llevar a cabo la función que las cuatro hermanas habían conseguido.